En profundidad

Conde Corbal nace en Pontevedra, el año 1923, en un ambiente definido por el nacionalismo, impulsado por la labor de Castelao como promotor de una serie de pintores que, gracias al apoyo del Presidente de la Diputación, Daniel de la Sota, convierten a esta ciudad en la cuna de la llamada vanguardia histórica gallega con nombres como Maside, Torres, Souto, Colmeiro y Laxeiro. La simiente dejada por todos los pensionados de la Diputación hará de la pintura el capítulo más destacado de nuestro arte en las décadas posteriores, enmarcándose éste en una renovación en el contexto de una estructura político-social muy férrea, aún defensora de las componentes regionalistas de la pintura gallega.

Sus primeros estudios tendrán lugar en un colegio de pago en la calle Michelena, pasando luego al situado en la Plaza de Méndez Nuñez. El periodo estival le hace compartir dos escenarios: la próxima playa de Placeres y el pazo de Ramirás, camino de Ourense. Dos paisajes diferentes y dos ambientes distintos: el de el veraneo convencional y el de la aldea gallega, en contacto con los trabajos del campo, las historias tradicionales y el verdadero espíritu gallego.

Empezó a trabajar en el laboratorio que el insigne profesor Bibiano Osorio Tafall tenía en la calle Michelena, lo que le hace acercarse al mundo de la biología. Comienza sus estudios en el instituto, donde descubre su aficción a la expresión plástica, que empezó a asomarse en la niñez, cuando entre las aburridas clases del bachillerato se dedicaba a copiar los dibujos del alemán Hans Liska publicados en la revista Adler. “Era Liska quien nos daba algo de Europa, dentro de un contexto de dominados, a través de sus dibujos esencialmente grafistas”, comenta Conde Corbal al crítico Antón Castro, en una conversación particular.

Acercarse a su pintura supone entender el compromiso del artista con la realidad que lo rodea -creador éste de un mundo de silencios en el que se ahogan las palabras que pretenden alcanzar una explicación que se aleje de una cierta función social- , con la que el hombre trata de llevar el arte a todos los estratos de la sociedad como un modo de expresión asumido por la tierra y las gentes de Galicia.

La larga tradición que hizo del arte un documento del mundo- o , si se quiere, un espejo de la propia realidad- tiene en este pintor un fiel heredero. La realidad marginal del pueblo gallego logra en la obra de Conde Corbal una unidad de espíritu al servicio de una nueva estética genuinamente gallega, que tiene como último deseo mostrar la auténtica cara de nuestro pueblo.

Inicia estudios en las facultades de Derecho y Química; pero, su vocación pictórica le haría abandonar rápidamente ambas carreras. Tras diversas ocupaciones en los más diversos trabajos, desde regentar una fábrica de cerámica en Benavente hasta trabajar en una mina de wolframio, se establecerá en Ourense para intensificar su actividad artística. Técnicamente, inicia el quehacer artístico con la acuarela y el gouache, al tiempo que comienza a subrayar un análisis de la Galicia tradicional, a través de sus gentes y de sus paisajes, que serán los protagonistas esenciales de toda su obra. Hace la primera exposición en Ourense -que tendrá una gran acogida- , en 1958: un acontecimiento que habrá de marcar su ligazón definitiva con la pintura, como compromiso y manifiesto estético. En estos mismos años, pone en marcha una de sus actividades más sobresalientes: la participación en los medios de comunicación escritos, revistas y periódicos. Comienza en el periódico La Región, ilustrando la sección denominada “O Ourense Perdurable”, que compartía con Vicente Risco. El contacto con Risco sería decisivo en su modo de entender la cultura y el arte.

“Desde el principio quise comunicarme, trabajaba para decir…pero sin tener en cuenta los baremos burgueses de la comunicación”, es su impresión sobre una faceta tan importante de su trabajo como es el arte entendido como comunicación. Su talante didáctico y la investigación de las nuevas formas de expresión van a ser aspectos fundamentales para acercarnos a su obra, que se irá ampliando a un complejo mosaico de registros temáticos y lingüísticos. Por ello, debemos analizar la estética de Conde Corbal, en función de su diversidad y riqueza, considerando tres capítulos -diferentes pero siempre complementarios- , a la hora de definirlo artísticamente: la labor periodística, el grabado y la estampación y, por último, la faceta pictórica propiamente dicha.

La labor periodística

Su colaboración en diversos diarios se ciñe a la parte gráfica y dibujística, tarea que inicia con los trabajos en La Región, ilustrando la serie “Pueblos y ciudades de Galicia” (1961-1962). Tras la sentida muerte de Risco en 1963 abandona el periódico ourensano y comienza a trabajar en el de la ciudad que lo vio nacer, Diario de Pontevedra, completando con sus dibujos y reportajes sobre etnografía, fiestas, romerías y folclore de Galicia, así como series sobre el norte de Portugal y el Miño: un espacio geográfico y cultural al que siempre fue muy afín. Esta colaboración que tenía carácter diario, lo llevará a hacer interesantes series como es la denominada “Cruceiros, petos e ánimas”. De Pontevedra se traslada a Vigo. Aquí al margen de su actividad pictórica, colabora en Faro de Vigo, donde hace la “Ruta do Miño”, con González Martín, e ilustra con sus dibujos temas tan conflictivos como fue el affaire del embalse de Castrelo de Miño. Posteriormente, colabora en La Noche, haciendo la serie de dibujos “Costa da Morte”.

En 1969 marcha para Madrid, desarrollando allá variada y múltiple labor en el campo del arte. Colabora en la revista Chan con sugerentes ilustraciones de corte valleinclanesco y un buscado esperpento a la hora de configurar la linea del dibujo. Viaja a Bretaña. Más tarde, se establece temporalmente en Vigo. De aquí parte su dedicación intensiva al estampado, hasta el momento de su muerte. Aunque continúa con las colaboraciones en la prensa gallega [La Región, La Voz de Galicia, Faro de Vigo], éstas se hacen más esporádicas.

El estampado

Lo más interesante de Conde Corbal como artista, con lo que él se siente más identificado, dadas sus connotaciones comunicativas, quizás es el grabado o estampado. Si la función del grabado es la reproducción en serie de la obra para que llegue a la mayor parte posible del público -abaratando el producto artístico- , es necesario echar mano de procedimientos más lógicos, menos costosos y menos complicados. Ésta fue la búsqueda de Conde Corbal. Obtendrá un nuevo procedimiento técnico por medio de plasmación peculiar y muy personal: realiza el dibujo sobre una hoja de plástico transparente, no empleada en la plancha convencional, con una imprimación de pigmentos encolados. Más tarde logra su transformación por fotograbado para captar con gran fidelidad los valores plásticos y las calidades que el artista pretende obtener.

La pretensión esencial de Conde Corbal en su obra grabada-estampada, a lo largo de mas de veinte años, es la pura comunicación visual. Ésta debe ser, según el artista, viva y activa ente el espectador; pero un espectador amplio que abarque a todos los estratos sociales. En definitiva, trata de buscar y de subrayar diferentes niveles de información, con el fin de crear una situación de debate localizada en la conciencia social de cada uno de los individuos. Partiendo de esta concepción del arte-comunicación, Conde Corbal refuerza el sentido del mensaje en el receptor, que no sólo lo recibe emocionalmente sino también a través de la claridad del contenido. Para el autor, es tarea fundamental el estímulo que ejerce la imagen artística en la conciencia popular como elemento creador de inquietudes o como forma de educar la sensibilidad. Nunca más oportunas aquellas palabras de Ernst Fischer en La necesidad del arte: “La tarea príncipal de una sociedad socialista donde el mercado del arte no está aprovisionado por la producción en masa de los especuladores capitalistas es, pues, doble: hacer que el público encuentre placer en el arte, despertar y estimular la comprensión, y poner el acento en la responsabilidad social del artista”. Damos por supuesto que no están excluidos ni el compromiso artístico ni la denuncia que el mensaje conlleva. En este sentido, Conde Corbal enlaza con la línea del realismo social o expresionismo social, como le llamó el crítico e historiador Valeriano Bozal, actitudes presentes en figuras tan importantes como Grosz o Renato Guttuso, pintores admirados por nuestro artista.

Son más de mil los estampados efectuados por Conde Corbal desde 1960, agrupados en series temáticas, con una finalidad próxima a la pedagogía popular. Podríamos decir que el tema, auténtico elemento literario o narrativo, se constriñe a situaciones monográficas que nacen de la Galicia profunda, salvo raras excepciones: la Galicia del mar o la del agro, sus monumentos, sus gentes, sus ciudades, el mundo marinero o sus artes, el ámbito rural, la literatura y sus hombres, la antropología, la etnografía, la fauna, la flora, los ríos, las costas, sus vivencias históricas, la guerra…. Es la Galicia entera, dimensionada en la complejidad fílmica de una visión artística, aprehendida con certero amor panteísta, con la plena identificación de quien conoce y se compromete con su pueblo y con su tierra. El de Conde Corbal es un arte para el pueblo, que puede, aun en la incomprensión, escenificar aquellas inquietudes del testimonio social más crudo, heredero del Castelao del Álbum Nós. He aquí algunas de sus series más importantes:

– Referenciadas en la literatura, destacan las tres series realizadas sobre la obra de Valle-Inclán, 1969-1970: “Luces de bohemia”, “El Amor y la muerte en Valle-Inclán” y “La etnografía gallega en Valle-Inclán”.
– Relacionadas con la etnografía: “Cruceros, petos y santos” [1966], con prólogo y comentarios de A. García Alén, “Pontevedra: la tierra y su gente” [1967], prologada por el profesor Filgueira Valverde.
– Sobre las ciudades y su entorno, provincias y sus monumentos: “Ribadavia”[1974], “El Vigo viejo”, “El Ourense perdurable”[1960] con pies de V. Risco, “El Ourense monumental” [1964] con pies de Ferro Couselo, “Pontevedra monumental” [1965], “Pazos de Pontevedra” [1972].
– Vinculadas al mundo marinero gallego, su vida, sus gentes, las técnicas pesqueras, la fauna marina…: “La dorna y los que viven de ella” [1977], “Gentes del mar de Vigo”, “La dorna y sus trabajos”, “Peces, moluscos y crustáceos”.
– Sobre la fauna y la flora gallegas: “Peces del río”, “Pájaros”, “Árboles y arbustos”, “Florecillas silvestres”, “Mamíferos”, “Insectos”.
– Vinculadas a viajes e itinerarios: “La costa de la muerte”, compuesta por más de ochenta estampados. Excepcionalmente, tenemos series con temas no gallegos: “Un viaje por Italia” y decenas de monografías sobre Bretaña y el Baixo Miño.
– Series documentales e históricas: “La Guerra Civil en Galicia”, compuesta por más de cien estampados.

La vía estética del estampado, como en toda la obra de Conde Corbal, será una peculiar opción expresiva y grafista, hija de un realismo deformado con plena consciencia, fuertemente expresionista, distorsionante, en la línea del esperpento goyesco y de fuerte trazo gestual. Carol Maier, crítica literaria norteamericana, estudiosa de su obra, dice que la mejor forma de entender a fondo la razón gráfica de los grabados de Conde Corbal es por medio de la relación que estos manifiestan con los principios estéticos de Valle-Inclán. Pretensión estética con aromas de los viejos canteros, de los tímpanos y petos de ánimas, de la palabra de Valle hecha línea, con el descaro de llamar farsantes a los ultraístas, resucitar a Goya y llevar los héroes al Carreixo do Gato de la escena XII de Luces de Bohemia, asumiendo el papel de Max Estrella. Y esa sinceridad aparece en el testimonio personal de muchas de sus muestras, como narración del pueblo que retrata para la posteridad, cerca de la fábula de los cuentos de ciegos: “A manera de catálogo, bien querría nombrarlos uno a uno… Son gentes de mar, marineros, pescantinas, regateras, lloronas, prantos, huérfanas y viudas, noches de trabajo en la lonja… Son beatas, devotas, ofrecidas de rodillas, procesiones de Amil y de O Corpiño, labrantes de tierra adentro, trabajadores de azada, obreros de pico y pala…”

Palabras del artista que introducían muchos de sus catálogos expositivos y que preparan al espectador para que se adentre en la dinámica social que se vincula irremediablemente a la labor creativa que aquél propone.

En su lenguaje confluyen lo expresivo y lo constructivo. Lo primero, en la capacidad del artista para exteriorizar los aspectos emocionales en sus figuras, a través de la deformación, incluso si el representado es un simple objeto o un monumento arquitectónico. No sólo sitúa los personajes y las escenas en su propio contexto, sino que singulariza su dinámica distorsiva, de conformidad con el rito agitado de una nueva mirada. Así, a la visión del paisaje urbano, piénsese en el Ourense perdurable, se puede acercar el espectador de diferentes maneras, y según su estado anímico variar la percepción. Decía Otero Pedrayo que para Conde “se descubren los admirables acuerdos y concordancias de las gentes y las casas, de las horas y las estaciones y el paisaje de un callejón, o de una plazuela…”.

De lo constructivo asume, además de la estética analítica de las líneas que definen ritmos y estructuras orgánicas, la capacidad del mensaje educacional, esa personal pretensión transformadora de la sociedad que recibe la imagen. Pretensión social que es semejante a la desarrollada en Alemania por la Nueva objetividad de los años veinte, que había reforzado entonces un concepto más gráfico que pictórico, o la del anteriormente citado Grosz, uno de los grandes maestros del dibujo satírico-social, e incluso pareja a las pretensiones, en ciertos grabados, a la estética de los muralistas mexicanos.

Pero es en el italiano Guttuso, donde Conde Corbal va a encontrar su mejor paralelismo, con el que el gallego coincide testimonialmente, no sólo en la estética sino también en cuestiones de contenido. Guttuso define su realismo partiendo de la relación con la sociedad. En una conferencia, “Sulla vía del Realismo”, había dicho que una obra de arte debe ser comprendida por todo el mundo, o al menos en parte: “a través de esta parte, clara para todos, será posible para aquellos más instruidos, más sensibles, más cultivados…acercarse a la obra…La otra parte de una obra que debe ser clara para todos es el tema…”. Otros componentes de su tarea estética en el terreno del estampado son los que estudia la citada crítica, Carol Maier, desde cinco perspectivas diferentes:

-El trasfondo cultural que aflora en todas sus obras, debido en gran parte a su profunda pasión por la lectura, le otorga a su trabajo una base de seriedad y de didactismo muy consistente. Siempre rodeado de libros o apuntes, Conde Corbal fue un ávido lector; pero no sólo lector de letras sino, y no es menos importante, lector de la vida, de su entorno, de cuanto le rodeaba y lo influía. Respecto de las lecturas, la influencia que la obra tan personal de Valle – Inclán supuso en el devenir de su trabajo es innegable, llegando a afirmar que Valle – Inclán es “quien me había de guiar la mano”

– El intento por sacar a la gente de Galicia de su propio olvido despierta en ella una especie de memoria colectiva de su identidad reflejada a través de las series de gentes, de lugares, de tradiciones…conformando una cultura propia a la que en muchas ocasiones nosotros somos ajenos. La conexión con nombres como Risco, Otero Pedrayo, García Alén o Ferro Couselo respalda el valor etnográfico que ya tienen por sí mismos muchos de sus trabajos. Rincones de Galicia inmortalizados y muchos desaparecidos hoy en día se mantienen vivos en nuestra memoria gracias a su intervención.

– Lo deformante, como tercera propuesta ante la obra de Conde Corbal, no deja de ser una mezcla de la memoria con el sentimiento, logrando una expresividad a través de la línea, experimentando sobre si misma y abriéndole al espectador zonas para la inquietud y el desasosiego. Caminos que se alejan de lo que podría ser una realidad programáticamente establecida por una sociedad con unos modelos de actuación realistas y plenamente aceptados que el pintor desde su òptica concienciadora acostumbra a descuartizar, llegando en muchas ocasiones a situaciones en que lo inquietante, la mascarada, que de grotesco tiene la vida, se impone a esa realidad tan convencional.

– El carácter humanizante que desde el grabado se ofrece, igual que los demás componentes, puede seguirse rastreando a lo largo de su obra. Al rectificar con el empleo de la tecnología del grabado la deshumanización reflejada en el punto anterior, hace de este medio de expresión su medio preferido, “lo más expresivo y rápido para comunicar al pueblo lo que mi tierra me hace sentir”. Una relación con la máquina que precisamente lo que nos posibilita es nuestra humanización gracias a esa colaboración de la que las dos partes extraen beneficios.

– La última situación es la que presenta una palabra inherente al mundo del grabado como “fijeza”. Esa captación inmóvil que se logra en el plancha, la inmovilidad de la escena, le permite el efecto contrario como es el de poder continuar con su divulgación, con la extracción hacia el mayor número de público posible, empleando así un mensaje continuo, desde un mismo grafismo. Una pretensión, por lo tanto, definidora de su forma de actuación y que se irá imponiendo en su trabajo, un motivo que pueda ser observado por el mayor número posible de espectadores, en cualquier escenario o situación. Esta pretensión es asumida en la estética de Conde Corbal como objetivo prioritario: sus grabados o estampados responden a la realidad vibrante de su mundo lacerado por el grafismo de su concepción de la línea.

La obra pictórica

En la obra pictórica propiamente dicha, Conde Corbal lleva al lienzo o a la tabla, su más usual soporte, los mismos temas que trata en la obra grabada, definida por una estética similar, en este caso con una pigmentación variada y múltiple, especialmente gouache, acuarela y acrílico. El acrílico es su mejor vehículo de expresión, con el que define su personalidad en el mundo de la pintura gallega.

Heredero de la estética del granito, inscrita en el vanguardismo histórico gallego del primer tercio del siglo XX, primitivista, atlantista y expresionista, el artista supo peculiarizar con libertad y desinhibición la parcela más gestualizada, espontánea y figurativa del neoexpresionismo gallego. Actitudes éstas que hasta hace poco tiempo fueron vanguardia en el nuevo espíritu europeo de los alemanes e italianos de los años ochenta -neoexpresionistas y transvanguardistas-, eclecticismos icónicos y estilísticos, sentimiento de la tradición, reflejo autobiográfico, narración y expresión, canto lúdico y libre al color, figuración libre…son premisas que Conde Corbal llevó a sus cuadros antes que la posmodernidad las modelizase como estética impuesta para definir el retorno a la pintura. Pero al placer de pintar y a la libertad estilística acompaña, de nuevo, la justa razón iconográfica, el tributo al contenido, la imagen concienciadora que debe llegar al pueblo, porque, para él, el arte tiene siempre una función: educar por la vía emocional y por la de una estética operativa, basada en la deformación expresionista. He ahí diferentes ejemplos, entre otros: Remendando as redes [1971], El rastro [1984], El pulpo en el puerto [1983], Fábrica de conservas [1976], El Berbés [1981].

Los mismos temas, idénticas pretensiones comunicativas rigen, pues, sus obras pintadas, iluminadas con la calidez de los brillantes acrílicos, con la llamativa presencia del rojo o del amarillo, con apropiación agresiva del color butano o con la armoniosa razón que implica la utilización de las variantes del azul. Distorsiones que claman, gritos y agitaciones, movimiento total de las figuras o del color gestual y de las líneas del horizonte presiden, cotidianamente sus composiciones y los espacios hirvientes, producto de una actitud vital que ha logrado transformar la herencia expresionista de los viejos ancestros, desde los canteros populares a los que tallaron los tímpanos románicos o los retablos barrrocos. En cualquier caso, Conde Corbal propone un retrato testimonial de una Galicia hecha documento desde una libertad plástica sin limites. Curiosamente, y tal como sosteníamos antes, su pintura resultó en el horizonte recuperador de las tradiciones que buscó la posmodernidad, en el primer lustro de los ochenta, ante la crisis de modelos precedentes, de una fuerza y de una originalidad asombrosas, siendo capaz de traducir, inclusive, la identidad en signo cromático, la antropología en temas de estética genuinamente popular y las presunciones autobiográficas en gestos viscerales para ligar el destino del arte a la vida, a través de los temas y de su tratamiento. Un testimonio de sinceridad que acompaña con la intervención expresiva que asume los conceptos y las formas de los clásicos muralistas mexicanos, vertido como expresionismo sencillo, que respeta la línea directora del dibujo de gruesos trazos, pero, al mismo tiempo, refuerza el carácter granítico -un signo de la identidad generado en el vanguardismo histórico gallego- que construye con la luz y la plasticidad de los sombreados. Pero el artista incide en la alianza de las estructuras constructivas y expresivas, de una cierta razón geométrica con la que ordena visualmente la percepción de las imágenes que despiertan en nosotros las emociones que logran transmitirnos.

El pintor se recrea en una suerte combinativa de gamas de colores de clara y manifiesta agresividad, como si de un manifiesto vanguardista se tratase, pero ejemplificado directamente en la pintura. El uso del naranja, del rojo o del amarillo, todos ellos empleados en sus más altas gamas de fuerza cromática, acentúan el elemento expresionista. Únicamente se produce un cierto enfriamiento de la obra realizada por Conde Corbal cuando se recurre a la utilización de un color imprescindible en nuestra cultura gallega como es el azul en todas sus variedades. La aplicación del color a unas formas expresivas, basándose en la distorsión y la desfiguración desde el dibujo, provocan la muda dinámica de la imagen a través de líneas sinuosas, en las que se pierde su presencia en favor de la movilidad de las figuras: un efecto que no hace más que acrecentar el sentimiento de agitación, constantemente buscado por el autor con el fin de crear unas atmósferas llenas de vitalidad. La vitalidad entendida como elemento de rebeldía del pintor, como el modo de enfrentarse a una sociedad e interpretarla en tanto que obligación moral. He aquí la presencia del creador que busca llenar el cuadro con el testimonio de su vida, con la base documental de quien percibe a Galicia como un sentimiento y lo hace mediante el pincel agresivo y demoledor, agitando las formas y cuidando las composiciones que escenifican habitualmente un singular horror al vacío de clara tradición barroca. Para esto recurre, en muchas ocasiones, a una formalidad de honda deuda con el mundo de las artes populares gallegas, desde los petos de las ánimas a los retablos de todas las épocas, de tanta tradición en nuestro mundo artístico, modelos que, en todos los casos, niegan el vacío como elemento conformador de espacio en el cuadro.

La distorsión de las figuras eleva el impacto visual de los propósitos que perseguía en la obra grabada o estampada: de ahí surge una atmósfera febril y electrizante, el lugar de la confusión, como si se desatase una tormenta creativa que abocase a guarecerse el espectador, todo lo cual hace de su obra una continuación renovada de la vanguardia histórica gallega del primer tercio del siglo, que habían iniciado los Maside, Souto, Colmeiro o Laxeiro, tan distante, ciertamente, de los tópicos regionalistas con los que enfatizaran los artistas que sólo veían en Galicia un tema del folclore enxebrista.

Dos elementos de sus trabajo merecen un breve comentario. Uno es la recurrencia en el empleo del desnudo y del retrato como elementos de comunicación o lingüísticos dentro de la pintura. El desnudo denota en su obra una clara tendencia erotizante que, en muchos casos, redimensiona la pintura hacia otras vertientes, pero sin alejarse del espíritu de enfrentamiento. Conde Corbal, ante todo dignifica la figura humana, y el desnudo aparece como si su propia fuerza sirviese para llenar el lienzo: de aquí surge una monumentalidad muy poco común en nuestra historia de la pintura. Piezas como, “Desnudos en la playa” [1980] o la serie “Erotismo”, realizada en 1988, dan buena idea de esta situación.

El otro elemento diferencial de su pintura es el empleo que hace del retrato. Magnífico retratista de personas allegadas a él, reconocidas por la comunidad, también lo es de figuras anónimas para el espectador, gentes desconocidas que en el cuadro logran tener la misma dignidad vital que las que logramos reconocer. De nuevo, el artista subraya el valor de la pintura como elemento social en el ámbito de la cultura popular o de masas, y los protagonistas retratados responden siempre a las mismas tipologías: gentes de la mar, labriegos, mozos y mozas…, ejemplifican un amplio espectro social que asume el protagonismo en diferentes escenarios y contextos de una etnografía real o fabulada, a través de la cual Conde Corbal logra penetrar en los sentimientos, deseos y esperanzas de los personajes, desnudar el alma y crear una certera radiografía de la realidad marítimo-rural gallega.

Renunciamos a relacionar todas las exposiciones y muestras artísticas en que participó Conde Corbal, porque sería llenar páginas y más páginas de fechas y ciudades; pero es importante dejar constancia de su inclusión en múltiples exposiciones individuales y colectivas, mostrando la obra en toda Galicia, en Madrid y en los Estados Unidos. Muchas de sus exposiciones obedecen a una concepción novedosa en otros tiempos, hoy en día muy frecuente, como es la de la itinerancia de las obras, con una clara finalidad didáctica e instructiva, por pueblos y colegios de Galicia, tomando como múltiple punto de partida el poder de la imagen y su capacidad educacional. Sus grabados y su pintura incluso fueron presentados como parte ilustrativa de congresos, conferencias y carteles publicitarios, así como fueron requeridos por las instituciones para su inclusión en campañas promocionales.

Su obra aparece ampliamente representada en colecciones privadas e institucionales, en edificios públicos y en museos de Galicia [Museo de Castrelos de Vigo, Museo Provincial de Pontevedra, Centro Galego de Arte Contemporánea de Santiago…], de diferentes ciudades españolas, en Francia y en Estados Unidos.

Tal vez pocos comentarios como el que le dedicó el escritor Carlos Casares en el prefacio de sus catálogos expositivos serán tan certeros a la hora de resumir la dimensión crítica y estética de la prolífica obra de Conde Corbal, uno de los grandes proyectos visuales del arte gallego de la segunda mitad del siglo XX, si queremos penetrar en el auténtico espíritu de la cultura y del alma de este pais: “No hay pueblos silenciosos: hay palabras ahogadas. Y si un pueblo se queda sin palabras es seguro que también se queda sin libertad”.

ANTÓN CASTRO

 

X. Antón Castro (1953)
Licenciado en Filosofía y Letras y en Literatura Francesa, es doctor en Historia del Arte. Miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte de París, fue profesor de Arte Contemporáneo e impartió maestrías y cursos en diferentes universidades. Ha colaborado en varias revistas de arte, pensamiento o literatura; curó mas de sesenta exposiciones en todo el mundo; escribió una veintena de libros sobre arte y artistas actuales. En los últimos años fue director del Instituto Cervantes de Milán y del Instituto del Patrimonio Cultural de España.

Xosé Conde Corbal, 1959